Categoría: Narrativa.
19 Noviembre 2006
–– ¡Es como juzgar a un perro por estar desnudo y exigirle que pague una multa, entonces júzguenme como canino exhibicionista, como un pit bull racional, y no por violación!…––decía Armando cuando lo acusaron de asalto sexual.
Armando salió de trabajar, él labora en una empresa de diseño y publicidad.
“Naran-jajada Juicy”…
Carcajadas de sabor.
Era la frase publicitaria que había inventado para un nuevo producto. Esta vez había metido su cuchara ––y muy acertadamente. Esto le valió un bono; miserable pero aún así es dinero extra. Él se sintió pobremente feliz.
Se encaminó a tonar el metro y antes de llegar al los “torniquetes”, buscó un boleto en su saco negro de botones plateados y lo introdujo en la ranura del aparato, que rápidamente lo devora y destruye.
––Éste “comeboletos-artefacto” ––piensa Armando. Es parecido a nosotros, su alimento se compra con papeles estampados de héroes putrefactos y hechos polvo; digiere y defeca. Es una lástima alimentarse, para después desecharlo en sofás de porcelana blanca.
––La vida es comer coger y cagar ––murmuraba entre dientes.
Él vagón del metro es imparcial como la muerte: se lleva a todos. Y se encuentra a reventar cual lombriz embarazada.
Armando entra al vagón, pone su portafolio a la altura de su hombría y lo sostiene de manera que no vaya haber un roce indecente. La gente sigue entrando y una anciana de pelo amarillento entra junto con un hombre del tipo albañil; bigote, manos toscas, aún con restos de mezcla, pantalón salpicado de pintura y zapatos que alguna vez fueron nuevos. Y con el habitual olor de sudor acedo y cerveza rancia.
A este hombre se le notaba una cierta habilidad en la clásica “arrimada”. Su cara no demostraba vergüenza alguna pero si, cicatrices de varias confrontaciones cantineras. Pero esta vez no corrió con tanta suerte y en la última “arremetida” contra alguna dama, antes de irse a acostar el alcohol y taparlo del frío con una cobija color morado de barbitas alrededor y con una quemada de plancha en forma de triangulo; se topó con una guerrillera ya entrada en la cuarta edad. Esta abuela huérfana de nietos y viuda de hijos, le gritaba unas palabras en forma de alfileres, navajas y clavos, que no hicieron mella en aquel educado caballero de manos salpicadas por pintura, pantalón con restos de mezcla y zapatos toscos.
–– ¡Ey eso hácelo a la que te parió! ––dijo la anciana mientras el señor de los bigotes salía del vagón para dirigirse a su cuarto con olor a orines y encierro.
––Mire joven esta bien que uno sea pobre y tenga que viajar en metro, pero aguantar a esta gente, no ––comentaba la viejita a Arturo.
Siempre se ha escuchado de los derechos de los pobres, ahora ser pobre te da derecho a una “estocada” en el metro.
Es curioso como viajando en este transporte te encuentras con muchas caras e historias: la de una persona pasada de copas, que se sienta a tú lado y te empieza a platicar que él es un “ángel caído” y que la tristeza de este mundo lo hizo bañarse en alcohol para no presenciarla.
Muchas veces te puedes enterar de la vida, a que se dedican, de dónde vienen e incluso a dónde van, los rostros enlatados en este gusano. Puedes ver, aunque no esté del todo uniformada, a la enfermera por los zapatos blancos, y al militar vestido de sport, los distingues por el corte de cabello. Y los tristes sin pareja que pasan la noche solos, los delata la mirada perdida en el suelo. Y esos rostros que te piden ayuda sin palabras, que te ven y mentalmente te cuentan sus problemas y te imploran ayuda o por lo menos que los mires y les sonrías.
Armando se acerca de uno de esos rostros y le dice:
–– ¡No te preocupes por él, para eso me tienes a mí!
–– ¿Como no quieres que lo haga? ––le responde ella ––
––Tú sabes que no es tu culpa ––insiste Armando ––
–– Yo lo sé pero pareciera que es así.
––Pero no lo es ––decía armando mientras se levantaba.
Al salir del vagón, volteó a verla y ella se levantó para verlo por última vez y él le hizo la señal del “cuerno” en el oído, mientras murmuraba un “te hablo”. Ella dijo que si y se sentó con una sonrisa.
Nunca se dijeron sus nombres, ni se dejaron sus teléfonos, pero el sólo hecho de que aquél rostro triste llegara a su casa y esperara la llamada, le mantenía el alma viva y el corazón tibio.
Armando sale de la estación del metro y se dirige a una de las calles pecaminosas en busca de un trozo de víscera. Llevaba el mismo rostro de la joven del vagón, antes de que él le hablara.
¿Cómo te llamas?, ¿cuál es tu color favorito?, ¿qué comida te gusta?, ¿qué tipo de música escuchas?... son las preguntas que hacia Armando a su “amor” de cuarentaicinco minutos. Ante estas preguntas no comprometedoras ellas siempre decían la verdad. Tal vez mentían en el nombre pero eso no importaba. La última pregunta era: ¿preparas buen café? y la que respondía que si, era la elegida por Armando para entibiar su ventrículo.
Tal vez sea ésta la pregunta más importante, ya que Armando siempre quiso despertarse con el ruido de la cocina y el olor de dicha infusión.
No acordaron el precio, sólo se dedicaron a desvestirse, a acostarse, a penetrarse... y él le arranca y engulle un pedazo de su corazón.
Terminada la carnicería, pasan al acto de remuneración del falso amor.
–– ¿Cómo que no me vas a pagar? ––reclamó Malena.
––No. No creo que sea lo correcto ––afirmaba Armando.
–– ¡Mira cabrón no juegues conmigo, a mi me pagas o aquí te quedas!
––Es que no se me hace justo ––comenta en tono triste.
–– ¿Qué no se te hace justo wey? ––decía Malena más molesta que antes.
––No se me hace justo que te tenga que pagar por el “servicio”, que más que servicio fue una entrega.
–– ¿Entrega de qué wey?
––Te entregaste a mí, te gustó estar conmigo.
––No. No me gustó, es mi trabajo ––aclaraba fúrica.
––Si. Si te gustó, gozaste, te abriste a mí, cerraste los ojos y te dejaste llevar; me acariciaste, me apretaste, soñaste, me mordiste los labios y te mordías los tuyos.
––Es mi trabajo a eso me dedico ––aclaraba Malena. Nosotras no sentimos, no soñamos, no nos dejamos llevar, no amamos. Vendemos, somos marchantas de esquina
––Yo también vendo ––dice. Ideas, logotipos, slogans. Yo como tú también trabajo frente a una maquina, y aunque me guste mi trabajo, no sueño, no me dejo llevar, no me transporto; no cierro los ojos y gozo, no me muerdo los labios, no acaricio ni aprieto fuerte mi computadora.
Esto al final fue una entrega y no una compraventa.
Armando se termina de abrochar el pantalón y pone su saco en el antebrazo.
Malena se quedó sentada, apoyada en la cabecera de fierro, la cama, absolutamente destendida; ambos pares de labios entre abiertos, húmedos, y el corazón tocándole una samba.
Él salio del cuarto y Malena aún pensativa.
Armando duerme tranquilo. Un par de luces se cuelan por su ventana, rojo y azul como los ropajes de Cristo en la última cena. Son dos policías arriba de una patrulla o ésta arriba de dos policías, ya que tenia la llanta derecha trasera baja y la placa colgando de un sólo tornillo.
Éstos policías representaban y hacen valer la ley, tan falsa como el profeta de la cena antes mencionada.
Este cuadro de la última cena es bastante peculiar, cualquiera diría que se trata de la foto de cualquier grupo de rockeros en una comida cumpleañera… por lo largo de las crines.
En el cuadro, de izquierda a derecha, el hombre apoyado en la mesa pareciera preguntar que están diciendo los demás, el que sigue poniendo atención a lo que dice el tercer hombre, que alza las manos mostrando las palmas diciendo: ––Yo no se ––.
El cuarto hombre tratando de despertar al quinto, que ya está ebrio. Abajo del cuarto hombre, se localiza el sexto: que mejor agarra su bolsita porque no quiere cooperar para la otra botella.
El octavo diciendo al séptimo, que él ya puso una. El noveno rockero haciendo la señal de que ya no hay, como el umpire de baseball que marca el “safe” del corredor. El décimo comentando con las manos en el pecho, que él estaría dispuesto a poner para la otra.
El onceavo y el treceavo, acusando al séptimo; que es Jesús, de haberse bebido toda la botella de vino tinto. El doceavo pone atención a la acusación. Jesús, con la mano derecha se dirige a tomar un pedazo de pan y con la izquierda, vino para pasárselo.
El sexto hombre; el de la bolsita, tira la sal imposibilitando el acompañamiento de los limones para una posible botella de tequila.
Todos con sus chanclas y Jesús con sus ropajes color rojo y azul, como las luces de la patrulla que montan dos policías, que están tocando la puerta de Armando, que calza otras chanclas, para abrir la puerta en calzoncillos a rayas; como el uniforme de ciertas secundarias.
Los policías traen una orden de aprensión para él.
––Haga el favor de acompañarnos ––decía uno de los policías mientras se acomodaba por detrás una libretita.
Armando no pone resistencia y los acompaña.
Llegando a la agencia se escuchó un comentario en voz alta.
–– ¡El es señor juez, el es el que me violó!
Armando alcanzo a reconocer a Malena como su acusante.
–– ¿Qué tiene que decir usted al respecto? ––dijo el señor juez, que más bien era un Licenciado encargado de delitos sexuales.
––Todo fue un acto de entrega.
––No señor juez. El me violó hace un par de horas ––decía Malena ya bañada y enfundada en ropas no tan provocativas y con la cara de Armando como cuando éste salio de la estación del metro.
––Diles la verdad Malena ––exigía con la voz temblorosa de un hombre engañado.
––A ver señorita ¿cómo fue el ataque? ––preguntaba el juez.
––Fue en un hotel.
–– ¿En un hotel? A ver señorita vamos por partes, ¿usted a que se dedica?...
Malena tardó en contestar.
––Rápido señorita, no tenemos su tiempo, además ésta es una acusación grave para el señor.
Ella tardo un poco mas en contestar, mientras miraba a Armando que estaba a unos pasos de ella.
––Trabajo en la calle.
–– ¿Bajo que rubro? ––preguntó el juez con cierta curiosidad, la sublime curiosidad de saberse la respuesta.
––Soy prostituta ––dijo Malena con la voz hecha añicos.
–– ¿De que se trata esto señorita, acaso es una broma?
–– ¡Diles la verdad Male!…diles ––exigía Armando.
–– ¡Él me violó señor juez! ––sostenía ella.
––No lo entiendo señorita, usted no esta vestida como callejera y aparte trae el cabello húmedo, ¿Cómo es posible que se haya bañado y así borrar alguna posible muestra para el examen médico?
––Él me violó señor, él me violó ––decía Malena más como desahogo que como acusación.
A ella se le llovían los ojos.
––A ver joven ayúdeme a entender lo que pasó ––imploraba el juez con fastidio.
––Nada señor juez. Lo que pasa es que ella se entrego a mí, hicimos el amor y me fui.
–– ¿Cómo...y no le pagó?
–– ¡Vaya!…pues señorita ––dice ––, esto no es una violación, es en todo caso, y muy extraño un robo; porque usted es comerciante, usted vende un producto que en éste caso es su cuerpo. El joven lo que ha hecho es robarle parte de su mercancía o un producto con los cuales usted comercia. Lo más que se le puede acusar es de hurto menor y sin violencia, ya que por lo visto en ambas partes había consentimiento.
Es mas, usted se dejo robar, usted es un a vendedora de manzanas, que se da cuanta de que está siendo atracada y no hace nada por impedirlo.
En estos casos ––concluyó el juez –– sólo puedo hacer que el detenido pague tres veces el valor de lo robado y en este asunto tan extraño no hay como proceder, lo máximo que le podría dar son cuarentaiocho horas en los separos.
–– ¡Él me violó señor juez! ––dice Malena ––, ¿qué no hay justicia para mí?...la navaja de afeitar hiere, irrita y sangra al hombre, por eso después de utilizarla la tiran como mujer que ha sido acostada en la cama sucia llena de cenizas de cigarro y sabanas duras…yo soy navaja de afeitar, pero yo no los sangro, ellos me sangran a mí con sus historias falsas de amor “diezminutero” que me profesan. Me escupen, me humillan, me aman.
Malena mira a Armando y se suelta en llanto se da la media vuelta y sale del ministerio público.
––Bueno, ¿y ahora qué ha pasado? ––decía el juez.
––Se ha entregado ––dijo Armando mientras se dirigía a la salida.
Armando sale del ministerio público con la misma cara de Malena, cuando ella llegó. Se dirige a su casa esperando que algún día lo despierte el ruido de la cocina y el olor a café.
FIN.
Por DAN MORENO.
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19 Noviembre 2006
Francisco estaba muy emocionado por saber el resultado de su prueba, él se encontraba sentado en las escalinatas de la cafetería de su escuela; el instituto “Mictlan”. Los escalones estaban húmedos después de la lluvia “moja pendejos” que había caído minutos antes de que él saliera a tomarse un té en dicho lugar.
A Francisco no le agradaba mucho la idea de tomar café, porque le quitaba el sueño.
En la familia de él no eran adeptos a las medicinas de patente, y mucho menos a las ya famosas medicinas genéricas e intercambiables, por eso en casa de Francisco, curaban el dolor de estómago y la diarrea, con un té de ajenjo. El café le causaba irritación en dicho órgano; ya curtido por las malpasadas alimenticias.
El resultado de su prueba ya le había sido entregado días antes, pero quiso esperar hasta estar solo. Y con el trasero mojado por el escalón, se dispuso a leer el resultado de su examen que era:
***AFIRMATIVO***
Francisco se levantó eufórico y en ese mismo estado subió las escalinatas para dirigirse a la cafetería por un té.
Al llegar es atendido por doña Rosita, que era, más que una dulce anciana de 60 años, la abuelita de todos en la escuela.
Ella nunca te decía que NO, cuando entre clases ibas y le pedías que te preparara unos chilaquiles bien picosos o un consomecito de pollo, ya que ibas todavía “sancochado” de la noche anterior. Y es que en horas de clase estaba prohibido que los alumnos comieran e incluso que estuvieran en la cafetería.
—Qué pasó mi “pasita” ¿me puede dar un chocolatito? —decía Francisco orgulloso.
— ¿Qué pasó mi’jo, ahora no te vas a tomar tu tesito de manzanilla, o prefieres que te prepare un té de limón? —preguntaba doña Rosita preocupada.
—No doñita ahora quiero que me de un “choco” para festejar —respondía orgulloso.
Francisco bebió su chocolate con apresurada calma, ya que se le hacia tarde para llegar a su casa.
— ¿Qué pasó, cómo te fue en la escuela? —le preguntaba su madre. —Bien —respondía Francisco insípidamente mientras zigzagueaba las macetas que estaban en el patio delantero de su casa.
La madre de Francisco; tía “Clau”; le decían sus sobrinos, era de esas madres entregadas a sus hijos y al marido, una madre que se levanta todos los días a hacer el desayuno, escuchando en el radio las canciones de su época, y terminando el menester, se alista para salir al trabajo, y sale como ánima para llegar a la oficina, donde ella trabaja como asistente de burócratas.
Francisco se dirige a su cuarto con la cara de haberse bebido 10 tazas de café, y sin cruzar mas palabras con su madre, entra a su habitación a escuchar música mientras ve una película de Kubrick.
Su padre llega “enjabonado” en alcohol, entra a la cocina y saca de un rincón, a un lado de un altar Guadalupano, una botella de vodka a medio consumir.
Al día siguiente, a la salida de la escuela, Francisco escucha una escueta plática, del director del plantel, con uno de los principales pilares de la escuela; es el Lic. Avellanes, uno de los más importantes aportadores de dinero a la escuela.
A Francisco siempre le ha llamado la atención, cómo invariablemente los nombres de los licenciados, abogados y doctores eran los mismos; siempre se encuentra a un licenciado Goncálvez u Ordóñez, en un despacho, a un Ingeniero Bejarano, y a un Doctor de apellido Ramírez, Ortiz, o el clásico Borbolla. Y en este caso; Avellanes.
—Licenciado, me da gusto que nos acompañe el día de hoy, antes que nada, quiero agradecer la contribución que usted generosamente, ha hecho a nuestra escuela —lambisconeó el director del plantel.
—No hay por qué darlas, es obligación de la gente culta como nosotros, ayudar de todas las maneras posibles al fomento de la cultura y la educación.
Como su nombre lo indica Mictlan quiere decir templo del la cultura —comenta el Lic. Avellanes, con el pecho tan hinchado como los estómagos de los niños de Bangladesh.
— ¡Templos culturales, los que le debería de meter a este hombre por el culo!, ya que Mictlan quiere decir “Tierra de muertos”….este sí es un burgués y que me perdone Moliére, pero no es un gentil hombre —pensaba Francisco furioso.
No soportó más la plática y entró a clases.
Es martes y a la hora de Filosofía, el profesor como siempre llega tarde. La clase tenia 20 minutos de haber iniciado, cuando de la fila de hasta atrás, surgió un comentario; de esos que no quisieras oír pero debido al fatal aburrimiento; que hasta un cadáver se habría suicidado, Francisco puso atención. La del acertado comentario era Ana; ella era de esas Femmes de piel clara, cabello castaño casi rubio y un cuerpo no privilegiado, no era del todo fea, pero en la escuela había de mejor rostro y más atributos.
Todos decían que tenia “un no sé qué” que les parecía atractivo. Días antes Francisco comprobó el famoso “atractivo” de Ana; que consistía en que después de un capuchino en el lugar de su elección, ella sería tuya.
Ana esta criada como “Barbie” en su castillo de plástico, y un “Ken” con muchos rostros; uno diferente cada vez que ella se toma un café. Ana estudia mientras consigue embarazarse de un hijo de “papi” para que la mantenga a ella y a su ego.
—Ya que no ha llegado el profesor de “Filo” vamos a filosofar sobre la vida… ¿Qué harían si mañana fuera el último día de su vida? —preguntaba Ana.
Francisco no soportó el insulso debate y salió del salón mientras “Kenes” y “Barbies” de tianguis aspiraban a encontrar el significado de la vida. Él prefería aspirar el olor de las quesadillas de hongos con queso que preparaba doña Rosita.
Francisco llegó a su casa y se topó con una imagen que no había visto desde hace mucho tiempo; era su padre que había llegado temprano, de su muy habitual reunión de todos los días con “Don Julio” y “Don Pedro” dos de sus más íntimos amigos. Francisco no le dio importancia y se metió a su habitación como de costumbre.
Su padre, Don Carlos; era Ingeniero, él diseño un par de restaurantes de una cadena muy importante, y la exorbitante cantidad de dinero que recibió a cambio de sus servicios; pasó de sus manos etílicas y sucias, al mesero, y de ahí, a la caja registradora de cualquier bar o cantina…
Francisco sentía un pequeño universo de odio por esa acción.
Francisco durmió inquieto esa noche, pensando en la “brillante” ponencia de su “cafetera” amiga.
Él despierta después de una noche en la que soñó con muñecas de plástico y trapo; que daban cátedra en su escuela, y licenciados pudientes que daban consejos de humildad, a las afueras de un templo precolombino.
Como de costumbre no tiende su cama y se dirige a la cocina a degustar, lo que su madre día a día deja para desayunar.
— ¡Buenas! —dijo con cierta flojera su hermana Lucía; ella era la mayor de los dos.
Francisco levanta la tapadera de aluminio del sartén, y echando un rápido vistazo, lo coloca de nuevo en su lugar.
–– ¿Qué, no vas a desayunar? —preguntó su hermana.
––No. Mejor más tarde cuando regrese de clases —respondió de mal humor.
Al llegar a la escuela y antes de entrar al salón doña Rosita le hace señas a Francisco desde la cafetería para que fuera hacia ella.
— ¿Qué pasó mi cabecita de cebolla? —comentó amablemente.
—Mira, te guarde un poco de caldo que le preparé al profesor Mauricio, el de Filosofía… ¡hoy llegó con una cara de “ardilla marihuana” que para qué te cuento! —comentó jocosamente doña Rosita.
Para Francisco era una ofensa desdeñar el ofrecimiento, y aunque no tuviera hambre, se sentó a comerlo.
Era un secreto a voces entre los alumnos la vida privada del profesor Mauricio. En una ocasión, Ana estaba en uno de esos “antros” de moda, en los cuales las jovencitas y las no tanto, después de tomar un par de tequilas, dan una vuelta alrededor del lugar, para agasajarse con el primero que les sonría y les levante la copa o vaso donde ellos están bebiendo y les haga la seña del clásico “salud”. Es en uno de esos lugares para la “elite” donde Ana vio al profesor Mauricio, besándose con uno de sus ex-alumnos. Desde ese día, Ana ya no ha llevado la tarea de Filosofía, de hecho ella nunca la llevaba antes de esto.
Francisco sentado en el salón, mira a la gente pasar a través del cuadrado umbral de la puerta.
—Las puertas son las únicas cosas que mantienen su fin y a veces su formas, no como las demás cosas —pensaba Francisco, mientras Ana mantenía la mirada perdida a través de la ventana.
Es lunes, el profesor Mauricio no ha llegado. Y Ana con su escasa materia gris, recordó que ya habían pasado una semana desde los sorprendió con su teorema del “fin del mundo”.
—A ver chicos, todavía faltan algunos de contestar la pregunta que les hice —dijo Ana. Francisco estaba a punto de emprender la graciosa huida cuando súbitamente llegó el profesor. Era la primera vez que llegaba, en lunes, a dar clase.
Mauricio era una persona de facciones finas, extremadamente aliñada, siempre con zapatos de vestir, jeans y sacos de gamuza; con parches de piel en los codos, y todo el tiempo bien afeitado. Era toda una señorita cuando se trataba de escoger un champú para su cabello largo que le llegaba a los hombros.
–– ¿Que le pasa profesor… lo noto un poco agitado? ––comentaba Ana en tono sarcástico.
Mauricio omitió comentarios y se dispuso a dar la clase.
—Bien jóvenes hoy vamos a tener una dinámica en clase, por favor pongan sus sillas en círculo y esperen mis indicaciones.
—A ver jóvenes les voy a formular una pregunta y les daré cinco minutos para pensar en la respuesta, posteriormente me irán contestando uno por uno. La pregunta es:
–– ¿Qué harían si mañana fuera el ultimo día de su vida?...
En el momento en el que Mauricio formulaba la pregunta miraba a Ana con unos ojos que hubiera querido el “inquisidor Torquemada”.
Antes de que Mauricio llegara, Ana le comentaba a su séquito y a uno que otro lacayo que le lamía las zapatillas, que dos semanas atrás había visto a Mauricio de nuevo en el “antro” y que esta vez se había peleado con su “joven estudiante”, y que Mauricio le había armado un teatrito con todo y desahogue, y antes de que el ex-alumno saliera del lugar, Mauricio le gritó que se iba a suicidar…
Pasaron los 5 minutos y uno a uno empezó a responder la pregunta antes formulada.
El primero en contestar fue Gabriel; una persona que es el amigo de todo el mundo, y que siempre tiene algo positivo que decir; basado en todo tipo de basura que lee, como los libros de auto ayuda y de cómo superar tus temores y miedos. Él cree que leyendo todo ese tipo de literatura barata, va a ayudar al mundo, cuando él ni siquiera puede ayudarse a sí mismo.
—Si mañana fuera el último día de mi vida —dijo Gabriel. Lo que haría, sería pedir perdón a toda la gente; si es que les he ocasionando algún daño y por consiguiente perdonaría a todos los que me han dañado, correría a decirles a todos los que conozco cuánto los quiero, y me dedicaría a vivir ese día en la compañía de mi familia y amigos…
—Pobre de ti —pensó Francisco. Porque tú no sabes que esos amigos con los cuales quieres pasar tú ultimo día en la Tierra, no te incluyen en la lista de personas con las cuales, ellos quieren pasarse su último día
Así pasaron los alumnos uno tras otro repitiendo el mismo mensaje pero con diferentes palabras. Hasta que llegó el turno de Ana, que dijo algo parecido, sólo que le agregó un chorrito de alcohol al comentario:
—Pues yo “profe” me iría a Cuautla a la cabaña de mis padres y ahí haríamos una fiesta “mega” con comida, alcohol, mariachi y toda la cosa.
Toca el turno a Mauricio: —Pues bien, ésta en una de mis preguntas favoritas. En los 5 años que llevo de docencia ha sido una de las incógnitas que más me han apasionado… y bien lo que yo haría sería despedirme de todos los que conozco e irme a morir solo, en el campo o el bosque acostado con la vista al cielo.
–– ¡Que romántico! —comentaba Francisco en tono irónico.
— Pues bien mi antiromance alumno, qué sería lo que usted haría en su ultimo día de existencia.
—Puesto que sería mi último día de vida…––comenta –– convencería a una enfermera de que me dejara entrar al área donde realizan todo tipo de análisis, pruebas o exámenes de sangre; y a los de embarazo que salieran “Negativo”, les pondría “Positivo”; para dar falsas esperanzas a los jóvenes padres y desesperarlos al ver que ya han pasado 4 meses y hay nada de pancita; A los que dieran positivo, les pondría negativo; para que sin darse cuenta la joven embarazada, siga teniendo el más salvaje sexo sin protección, y transcurrido un par de semanas ella empiece con mareos, inapetencia y vómito, le empiece a crecer el vientre y ella se dé cuenta de que está embarazada y no sepa quién es el padre.
Y al final con las muestras de SIDA; a las “Positivas” les pondría “Negativas” y a las “Negativas” les pondría “AFIRMATIVAS” y con una muestra “Positiva” o “Afirmativa”, le succionaría la sangre con una jeringa para inyectármela en la vena izquierda. Saldría del hospital iría a un “antro”, tomaría un par de cervezas y un martini seco; y alzaría mi copa a cualquiera que pasara para acabar con ella en el baño del lugar teniendo sexo sin protección, regresaría del baño y seguiría haciéndolo mismo toda la noche. Iría a un café e invitaría a una amiga para que me acompañara y terminaríamos en su casa revolcándonos como dos dulces cerdos.
Yo no me pondría a pedir perdón, ni a perdonar, yo no soy nadie para perdonar.
No soporto a la gente hipócrita que todo el tiempo se dice tener uno o más amigos, y cuando uno de ellos fallece, están ahí de negro y gafas obscuras, llorando y comentando la única fiesta, reunión o virtud que le conocían al occiso, es de lo mas infame llorarle y hablarle a una lápida, cuando no lo hiciste cuando estaba viva la persona…si mañana fuera mi ultimo día de vida; yo sería su génesis —comentó Francisco girando su cabeza, mirando uno a uno a los alumnos del círculo.
El silencio enrareció el aire por uno segundos hasta que Mauricio dio terminada la clase, no sin antes decir unas palabras:
—Pues muchachos fue un honor haberlos tenido como clase, ya que hoy es mi último día de trabajo, hoy por la mañana presenté mi renuncia —comentó Mauricio.
El salón quedó de nuevo en silencio; ese ensordecedor silencio que te estalla el oído medio.
Mauricio se levanta de la silla y se dirige al escritorio, toma sus libros y sale del salón de clases.
El demás círculo de alumnos siguen inmóvil, mirándose unos a otros, y principalmente los hombres a Ana.
Francisco sale del salón, dirigiéndose por el pasillo hasta la salida; el sol parece brillar más, mientras él esboza una sonrisa parecida a la que tiene después de comer las quesadillas de hongos con queso que preparaba doña Rosita.
FIN.
Por DAN MORENO
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19 Noviembre 2006
Nina escuchaba a lo lejos una guitarra eléctrica afinándose, tenía buen sonido al igual que el amplificador. Se oían a una distancia considerable, pero el viento no se llevó el sonido de las notas, que se escuchaban nítidas y limpias, como las arracadas de plata que acariciaban sus rechonchas y rojas mejillas, cuando ella movía la cabeza de Este a Oeste al caminar siguiendo el ritmo de los primeros acordes del ensayo. Ella sentía curiosidad por saber quiénes y qué era lo que iban a tocar, y principalmente, ¿por qué?, ya que el Sol de las 3 de la tarde en el istmo es nefasto; como la costumbre que tienen los locatarios y comerciantes de cerrar su negocio de la 1 hasta las 5, según para ir a comer, y lo que hacen es ir a la cantina más cercana a tomar un par de cervezas, comer mariscos de pésimo aspecto como botana, atiborrarse de tostaditas en forma de triángulo y sentarse a una de las meseras; en la mesa infestada de colillas de cigarros y moscas que vuelan y se paran en la boca de los envases vacíos, sacudiendo sus alas mientras se frotan maliciosamente las patitas en señal de que tienen hambre.
A Nina no le gustaban las moscas, porque siempre estaban entre la basura y la podredumbre. Las que más detestaba eran las moscas panteoneras verdes; grandes, con pequeños pelitos en sus patitas, bigotonas, que siempre andan entre muertos, entre camposantos abonados con carne y hueso. A ella nunca le gustaría ser “bigotona verde” con patitas y estar rodeada de gente pútrida.
Nina se dirigió a la plaza invadida por la curiosidad, quería saber qué aguerridos músicos estaban dispuestos a deshidratarse por tocar un poco de música.
Ella estaba emocionada al ver a un joven afinando su guitarra; una Gibson SG Standard. Un solitario bajo y una batería como fondo.
Había sillas cantineras para el público pero aún estaban vacías ya que no había llegado nadie. Esperó sentada bajo los arcos del palacio municipal, a que empezara el evento.
La gente empieza a llegar, las señoras con el cabello húmedo, que les dejaba unos lunares de agua en el vestido. Gente limpia tratando de verse lo mejor posible para la ocasión, ya que había un evento. Ella los miraba con cierto desprecio, ya que sólo cuando había una celebración o cuando iban a misa se esmeraban en lucir bien. Por eso ella no iba a la iglesia, pensaba que las gentes que lo hacían eran falsas, ya que no llevaban a cabo todo lo que pregonaban, muy parecido a lo que hacen los que van de casa en casa queriendo compartir contigo la palabra de Dios y te ofrecen una plática; que rechazas y te dan una revista; que sirve para prender el segundo quemador de la estufa y así no tener que gastar otro cerillo. Y al final te preguntan que, si pueden regresar otro día para darte la palabra del Señor.
Nina se acercó aún más al evento, y un grupo mixto de 5 jóvenes se aproximó para darle un folleto de un centro de atención juvenil; de esos que patrocina el gobierno, y a veces las instituciones de asistencia privada, para ayudar a jóvenes a salir de las drogas, a niños maltratados y a jóvenes embarazadas; que llevan dentro de las tripas a un niño que al nacer apenas será un esbozo de humano, y éste, al crecer le hará lo mismo a una jovencita, y con suerte sus hijos nacerán para llevar una vida de carencias y de olorosa miseria, que los llevará a las drogas y a repartir folletos de un centro de atención juvenil.
Ella acepta el papel, lo lee con indiferencia, lo guarda y apenas había sacado la mano del bolsillo de su blusa, cuando una joven de 17 años, 6 meses de embarazo y 2 días de no comer le entrega un tríptico de métodos anticonceptivos.
—Sí funcionan bien, ¿verdad amiga? —decía Nina sarcásticamente mientras le acariciaba el vientre.
La joven del nonato bajó la vista y siguió repartiendo los trípticos.
El evento empezó y la dama de ceremonias dio los agradecimientos a los patrocinadores y al público asistente; que mantenía un comportamiento tranquilo y sonriente, repetitivo, condicionado. La oradora empezó a palabrear cosas sin interés, terminando y cediendo el micrófono a una estrella del deporte nacional, para unas palabras tan aletargantes como su cara.
—Yo sé que un estadio lleva mi nombre, pero yo no me siento orgulloso de ello, sólo lo estoy de mi carrera en este deporte —decía el señor deportista.
Nina no ponía atención a las palabras de este señor. Ella sólo le hacía caso a lo que decían los señores y señoras escritores(as) de todos los libros que había en la biblioteca local; libros viejos de hojas pardas. A ella le gustaba oler los libros, se los acercaba a la nariz y aspiraba profundamente el olor de las pocas manos que habían pasado sus dedos por las hojas de los libros.
Imaginaba al profesor de escuela, que entre clases hojeaba un libro de Bakunin. Al mecánico con sus manos previamente lavadas con gasolina, para cortar la grasa y el aceite, y sus uñas recién cortadas; ya que podías sembrar en ellas un motor, y que retoñaran pequeños carburadores. Toda esta higiene, para leer la poesía de Sabines , y así conquistar y acariciar los pechos morenos de la cocinera de una fonda; que se escapa 10 minutos antes de su hora de comer para hojear en la biblioteca “El Manual De Buenas Costumbres De La Carroña”
—Es difícil hablar de estos problemas frente a ustedes; es muy duro decirles, confesarles, que yo era un adicto y gracias a la ayuda de Dios salí adelante —decía el ex-adicto y ex-alcohólico beisbolista.
Ella hacía caso omiso a sus palabras, le parecía vulgar que una persona le diera gracias a Dios por quitarle su adicción.
—Seguramente “Él” bajó de su trono caliente; que le ocasionaba hemorroides. Se espantó una mosca que se había posado en su labio. Descendió a la Tierra y te succionó la sangre contaminada y te la purificó mediante una hemodiálisis bucal. No puedo creer que la gente crea que su “salvador espinado” les quitó la adicción y que menosprecien su poder y fuerza de voluntad para dejar de ingerir sustancias, no se dan crédito a sí mismos y todo el milagrito se lo agradecen a su santo, virgen o deidad… El único santo es el “enmascarado de plata”. Las únicas vírgenes son las mentes de los que están aquí. Y la única deidad somos nosotros. Todos podemos ser nuestro propio Dios. —Pensaba Nina mientras el “deportista” decía cada 2 palabras, gracias, cada 4, Dios y cada 2, de la droga. Si te tapabas y destapabas rítmicamente los oídos podías escuchar una oración, un tanto…
Nina no ponía atención, sólo tapaba y destapaba sus orejas. Ella estaba desesperada, quería oír al grupo que iba a tocar esa tarde.
Los minutos se hacían largos; como la cola de los empleados del municipio el día de quincena, a las afueras del único banco.
Finalmente los músicos conectaron sus instrumentos. Ella sabía que era un grupo de música distinto, al que tocaba todos los sábados en la plaza, ya que la tríada de guitarra, bajo, y batería, no era la alineación de los grupos de música bailable popular.
Se entusiasmó al escuchar los acordes de la guitarra y reconoció una canción clásica del rock´n Roll, que le hizo pegar un grito…
«Para alabar a Dios
Para alabar a Dios
Se necesita una poca de gracia
Una poca de gracia y una monedita,
¡Ay arriba y arriba!
¡Ay arriba y arriba! por Dios seré, por Dios seré
Bamba, bamba, bamba ba…
Yo no soy pecador, yo no soy pecador
Soy cordero, soy cordero»…
Al terminar la canción, sintió una pequeña náusea; sus oídos querían vomitar.
—Queremos agradecer a todos los presentes y principalmente al centro de atención juvenil y al presidente municipal que está cumpliendo 3 meses de mandato — decía el vocalista del grupo de rock cristiano.
––Sí, hay que darle las gracias al fulano este, ya que en su campaña dejó cerros de basura. No comprendo por qué gasto tanto dinero llenando el municipio de posters, carteles y propaganda publicitaria para su elección. Él y los otros 2 candidatos de oposición sólo generaron basura…debieron de haber hecho toda esta publicidad en papel higiénico, para que por lo menos hubiera tenido un fin mejor —se decía Nina a sí misma mientras caminaba decepcionada, por un lado de el escenario.
— ¡Mira qué belleza!…––dijo Nina en voz alta—. Qué lindos se ven estos músicos, que aparte de cambiar la letra de la canción, se ponen a hablar de drogadicción, alcoholismo y una vida sin adicciones, mientras el baterista apenas podía mantenerse sentado, el bajista tiene las uñas de la mano derecha quemadas. Y atrás de del amplificador del guitarrista, un cartón de cervezas a la mitad.
Ella no era ninguna juez, pero esto confirmaba sus creencias sobre la gente que se llena el pecho y habla de Dios y la religión, y después cerraba su negocio a la 1 PM, y se dirige a su “casa chica”, donde lo espera la mesera de la cantina con la comida hecha y otros dos niños mugrosos de panzas lombricientas, de 5 y 7 años. Él se enjuaga el hocico diciéndoles a sus hijos que tienen que ser hombres de provecho.
Acaso no se pregunta esta mujer por qué sólo ve a su “esposo” de 1 a 5, y sólo duerme con ellos lunes, miércoles y viernes. Y en su “casa grande”, su otra mujer no se preguntará por qué su marido nunca llega a comer, y sólo duerme en casa martes, jueves, sábado y domingo.
Nina se molesto y ya no ponía atención al trío de músicoreligiosos falsos.
Otro de los personajes que irritó a Nina fue un joven rapado y harapiento que le comentó lo siguiente:
— ¡Amiga, no te vayas!... quédate a escuchar la música y el mensaje de Dios, por que es bonito alabar al diablo, pero es mas bonito alabar… —adiós —decía el joven mientras se alejaba con los codos en las costillas como una mantis sumisa.
El “artrópodo” humano tenia restos de Resistol 5000 en las manos y en la barbilla.
—Ya me voy —decía ella a la vez que hacía un gesto de fastidio y se rascaba con la mano derecha donde nacía su cabello negro. Ella se rascaba la espalda con cuidado, debido a sus uñas; no usaba esmalte, se las pintaba con una lata de pintura en aerosol.
A veces hacía unas plantillas en cartulina con el abecedario, y ponía su nombre, pero la mayor parte de las ocasiones escribía la palabra “Púdrete”. Cuando se le terminaba la pintura en spray, las pintaba de negro con un marcador de tinta indeleble. Cuando se las quería limar, utilizaba una lija de grano fino; de las que se utilizan para lijar madera. Ella afilaba sus uñas desbastándolas en forma puntiaguda, ya que eran una de sus principales herramientas y armas, para los insulsos comentarios que recibía acerca de su sobrepeso. Eran menos las ofensas hacia ella gracias a sus garras de calcio y keratina.
Pero no eran su única defensa, ella siempre guardaba, en el bolsillo trasero derecho de su pantalón de mezclilla; roto de la rodilla izquierda, una navaja de afeitar, de las clásicas de barbero; con mango negro y hoja bien afilada, como lengua de víbora.
Nina se fastidió del evento musical y decidió ir a la biblioteca que esta a espaldas de la plaza a un lado del palacio municipal.
Ella se sabía la ubicación de cada uno de los libros, pero de todas maneras hacía un recorrido general por todas las secciones y anaqueles.
Para revisar los libros de abajo, ella se hincaba como pidiéndoles perdón. Cuando se cansaba de “implorar” se sentaba y colocaba un libro en su regazo; como haciéndole el amor a la tinta y al espacio entre las letras; que debido a su sudor, parecían desteñirse lentamente de placer, como cuando se corre la tinta de una carta arrojada al agua.
Ella metía un libro en su morral; tejido por ella misma con hebras de henequén.
Siempre miraba a las bibliotecarias para no ser descubierta, pero ellas estaban demasiado ocupadas; una platicando con su novio y la otra hablando por teléfono celular mientas lee una revista barata de historias románticas.
Salió de la biblioteca y se dirigió a su casa. Entró a su cuarto, encendió el ventilador y se acostó bocabajo, en la cama de sábanas y fundas de manta blanca. Sacó el libro de su morral y con sus uñas empezó a quitar las etiquetas del inventario. Luego con un algodón impregnado en aceite de bebé, limpió los restos de pegamento de la etiqueta, ya que si no lo hacia así, esta zona con el uso se iba llenando de una capa negruzca difícil de quitar. Posteriormente toma un hisopo empapado en el mismo aceite y frota cuidadosamente la esquina de la hoja del control bibliotecario colocada en la última página del libro, todo esto para aflojar el pegamento y así arrancarla para que no quedaran indicios de que eran de la biblioteca. Al final hacía lo mismo en la parte interna de la contraportada, ya que ahí había una pestaña que sostenía la tarjeta de entrega del libro.
Ella hacía minuciosamente estas tareas, pero nada es perfecto, ya que en las hojas del principio en medio y final de los libros, estaba el sello de la biblioteca. Ella las podía quitar pero le dolería desmembrar los libros.
El hambre entumece su estómago y se dirige a la cocina.
—Ya huele “ma”, ¿qué cocinaste?
—Fríjol con puerco.
— ¿De qué es el agua?
—De sandia…por cierto échale unos hielos.
— ¡Ya tengo hambre!
—Te sirvo.
—Sí…oye, y mi papá ¿qué no va a comer?
— ¡Ay hija!, ya sabes que tu papá llega sin hambre, además ya sabes que los lunes, miércoles y viernes no llega a casa, ya que llegan los proveedores y se pone a hacer el recuento de la mercancía de la tienda .
FIN.
Por DAN MORENO.
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19 Noviembre 2006
El Sol, embriagado de tantos sudores, se retira a curarse la resaca con una nube negra, que vomita dejando ver el color sepia de sus entrañas.
Las aves negras corriendo en contraflujo de un bicolor arco. Una navaja de plumas se rezaga de su grupo, mientras el gato negro se pasea cuidadosamente entre las bardas con vidrios.
Un perro se oculta de la lluvia, en la entrada trasera de su casa. Entre tanto, un cuervo furtivo se roba una a una sus croquetas: los perros piensan, pero éste no le pone atención al hurto de su alimento.
En la esquina de la avenida, un joven de escasa gallardía y alta prepotencia, en posición cóncava; apoyado en el teléfono público, le reclama a otro joven que su esposa y él habían sido amantes.
Luis regresa de la tienda de autoservicio donde trabaja como encargado de la sección de carnicería; en este trabajo lleva el cabello corto, y no es que a él no le gustara largo, es sólo que las personas se acicalan el pelo pasándose una ó ambas manos. Y por eso no le agrada la idea de sangrarse las manos con tinta vacuna y posteriormente embarrarse la cabellera.
Luis entra a su casa, trae enrollado bajo el brazo, un mandil sanguinolento, que arroja sobre la mesita de centro de marmolina y patas de fierro colado color oro.
Sus botas negras van dejando rastro como un animal herido.
Se dirige a la cocina, abre el refrigerador de color blanco de dos puertas; sin despachador de hielo y agua. Saca unas cebollas y la carne; unas puntas de verija que había conseguido el día anterior. Toma el ajo de una canastilla de mimbre en la alacena metálica de color rojo óxido, agarra la tabla de picar; una artesanía hecha por las manos hábiles de algún recluso de un CE.RE.SO.; donde su hermana labora como trabajadora social.
La tabla tenía grabada la palabra “LUIS”, pero no era un grabado, de hecho era un tallado, o ¿un serruchado?, ––no lo sé –– era algo parecido a lo que hacen algunos artesanos, que ponen tu nombre en una llave.
Él pica las cebollas en aros y el ajo en trozos finos, después, troza la carne con un cuchillo.
—No me gustan los cuchillos “Americanos”, ni los famosísimos cuchillos Japoneses, que según, cortan hasta clavos. Yo prefiero los Alemanes, ellos llevan haciendo buenos cuchillos desde 1933 —comentaba Luis dirigiendo su, mirada a la mesa.
––“STAINLESS STEEL GERMANY” —se lee en el cuchillo de Luis.
Después de media hora de marinar la carne con un vaso de cerveza, la pone en un sartén agregándole por último, una pasta hecha de salsa de soya, limón, sal y pimienta.
Ya cocinado el festín, lo sirve en un plato colocado en la mesa. Se dirige a la alacena y saca una lata de alimento para perro.
—Voy a abrir esta latita…porque a nadie le gusta comer solo —comentaba Luis en tono burlón, mientras miraba por encima de su hombro izquierdo.
El Sol se ha curado la “cruda” junto con una Luna trasnochada que lo acompaña a dar sus primeros fulgores.
Luis se ha despertado y se le hace tarde para ir a trabajar.
— ¡Vas a desayunar! —gritaba Luis sentado en la orilla de la cama, al mismo tiempo que se truena los cuatro dedos de la mano derecha en la nuca.
Una mosca se para en la oreja de su perro Rex, con un espasmo nervioso la asusta, y ésta vuela sin hacer ningún zumbido, se posa sobre la comisura de la boca de Luis, la espanta de un soplidito; como espantándose el copete del cabello.
––fly, fly away moscardón, vuela, vuela, vuela ––decía Luis mientras encogía los hombros, sacaba la quijada y aleteaba las manos, con los brazos encogidos. Y ¡zas! atrapó a la mosca…
––Ahh, jija de tuchi te apañé…bueno, nada más por que meando miando. Órale júchala ––Decía Luis mientras habría el puño para dejarla ir. Y como dice Pedro Infante ––proseguía ––: tan luego se vio libre, voló, voló, voló… y aterrizó en un pequeño charco escarlata que fluía por debajo de la puerta del baño.
Luis camina rápidamente al sanitario. Abre la puerta, una breve ola surfea por sus botas negras, un líquido purulento se escurre entre su calzado.
–– ¡No mames pinche Rex!, que te dije, que no te metieras al baño, mira nada mas que desmadre me hiciste, con razón ni quieres comer ¿verdad?... ¡hijo de perra!, ¡puta, para que te digo si en ti, no es ofensa! ––Exclamaba irónico ––.
–– ¿Entonces qué? ¡Vas a desayunar o no perra! ––dice mientras voltea sobre su hombro.
Rex ladra.
––Tú no wey, ELLA… ¡se ve que tu ya tragaste cabrón!
–– ¡Hey…que si vas a tragar!…––Grita mientras pega de patadas a un catre.
De un sobresalto ella despierta, asustada, amordazada, zombie parpadea, la luz de día le molesta, le causa vértigo, sus ojos desorbitados; no deja de temblar, gime, intento gutural de decir algo…su vista se aclara, enfoca, dirige la vista al baño, nudo marinero en su garganta, ella grita al observar una masa de cuerpos humanos y miembros a medio carcomer…
––SNIF SNIF –– llora, hilitos de lágrimas resbalan lentamente, los vellos de durazno de sus pálidas mejillas tratan de detenerlas, suicidas, gotas salinas caen al suelo. El can las lame voraz y humedece con su lengua el piso.
Luis hace caso omiso de los berridos y regresa a la cocina y se dispone a preparar la harina para los hot-cakes. Terminando de cocinar sirve los inflados panecillos en la mesa, agregándoles mantequilla y miel de maple. Rex regresa a la cocina, los devora sin prisa, mientras los gritos de ella se van ahogando lentamente en su propia saliva clorhídrica.
Yo había de preguntarles alguna vez a los carniceros si el oficio de matarife no revelaba un alma predispuesta para matar a un ser humano.
“Crónica de una muerte anunciada”. Gabriel García Márquez.
FIN.
Por DAN MORENO
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19 Noviembre 2006
(La alarma sonó)... y no la de un banco asaltado por un solitario ladrón, más bien la alarma del maldito despertador. Son las 7:00 AM, ni antes ni después, me levanto.
La mañana era normal, el mismo sol fregándome la cara. Las mismas cortinas color vino; pardas y carcomidas por la luz. La misma ropa del día anterior y la misma actitud...
¡Qué carajos!, hoy no me baño, y parece que yo no era el único que ha tenido esa idea, porque en el transporte público se percibe una rancia esencia a humano. Todo es normal, la misma ruta hasta llegar a la escuela.
Entré al salón, el reloj de pared ya marcaba la hora de mi clase, al parecer el anterior profesor no había abandonado el aula. No le doy mucha importancia y me siento en la primera fila. El salón se llena y el profesor, que más bien era "La", no se va. Algo andaba mal y todos nos percatamos. El salón queda en silencio y con dulce voz, la extraña profesora se dirige a nosotros...
— ¡Buenos días! —exclamó. Soy su nueva profesora, mi nombre es señorita María de los Ángeles y estoy supliendo a su otra profesora que, por el momento se encuentra indispuesta. El salón entero empieza a murmurar, pero rápidamente bajaron los decibeles. La clase continúa, no recuerdo el tema pero lo que sí recuerdo es la “extraña” sensación que me transmitió la profesora.
Los días siguieron su curso y la otra profesora se convirtió en antigua, ya que la nueva suplente se quedó de planta. Los días pasaron y aquella extraña sensación se hacía mas grande y ambigua, si tuviera que describirlo diría que es algo maternal, sádico, enfermizo; toda una parafilia.
El tiempo siguió su vertical, e hice una linda amistad con la profesora María. Entre clase y clase charlábamos. Me encantaba escuchar su voz, que me provocaba caries.
— ¡María, señorita de los Ángeles, qué hago! —le imploraba, cada vez que tenía una duda en clase. Y ella sonreía como una joven párvula apenada; como si el novio le hubiera puesto la mano en su delgada y blanca cadera.
No platicábamos mucho ya que no había mucho tiempo entre clase y clase, la mayoría eran cosas triviales, sin fondo, pero eran suficientes para pasar un par de minutos en su compañía y así poder, aunque sea por un instante oler, su cabello.
Ella, no era una maravilla, pero tampoco todo lo contrario más bien, era simpática... sí, una simpática de 1.60 metros, delgada, cabello castaño, (tal vez nadie más que yo se ha cuenta del color de su cabello), ojos café, piel clara sin lunares, a excepción del que tiene en la sien del lado derecho; pero no era un lunar más bien era una pequeña mancha de color rojizo. Sí, era una simpática, era una mujer, una maestra con un cuerpo de niña de 15 años. Pero había algo en ella, en esos escasos senos, en esos braquets de color rosa, en ese aliento de caramelo y en su olor a inocencia, a sin desliz, a bebé.
Un día después de clase, sentado en la última silla, esperé a que se fueran todos para comentar de cosas no tan frívolas; como el trabajo de teología que nos dejó para la próxima semana.
–– ¡María, señorita de los Ángeles, qué hago! —expresé con cierto cinismo.
Seguíamos dialogando y una cosa nos llevó a la otra, y a la otra... y a otra… Pasados dos cuartos de hora, salí del recinto a fumarme un cigarro; es una molestia que no puedas fumar en clase, que si fuera así, creo que llegaríamos más temprano a la escuela y estaríamos de mejor humor.
Al encender mi Delicado, pude saborear el dulce aroma a pecado.
(La alarma sonó)... y no la de un banco asaltado por un solitario ladrón, más bien la alarma del maldito despertador.
Son las 7:00 AM, ni antes ni después, me levanto.
La mañana era normal, el mismo sol fregándote la cara. La misma ropa del día anterior y la misma actitud... ¡Qué carajos! hoy tampoco me baño. Todo era lo mismo, nada cambia. Entro al salón, me acomodo en la primera fila, y me cruzo con un conocido rostro, era la directora del plantel; le apodábamos la “Superiora”, claro... tenía cuerpo de envase de “caguama”.
—Toma asiento por favor — me dijo.
Mis compañeros se percataron de lo mismo que yo, y de nuevo los comentarios no se hicieron esperar. Con impaciencia aguardó hasta que toda la clase estaba en silencio.
— ¡Buenos días! —expresó.
— ¡Buenos días! —contestamos.
— Jóvenes, aquí les traigo a su nueva profesora espero que se lleven muy bien con ella... bueno yo los dejo…adelante profesora.
— ¡Buenos días! —expresó
— ¡Buenos días! —contestamos, más acartonados que antes.
—Soy su nueva profesora, mi nombre es Virginia... Novicia Virginia y estoy supliendo a su otra profesora; la Novicia María de los Ángeles ya que ésta, se encuentra indispuesta...
FIN.
Por DAN MORENO.
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19 Noviembre 2006
Recuerdo la vez que maté un ave.
—Clic-Clack —nunca olvidaré el sonido de un arma, al cortar cartucho.
Bosque, es tarde-noche. Se escucha el trinar de las aves, espesura de árboles por doquier, y algunos animales que huyen de una vieja cabaña de madera húmeda, mohosa. Dentro de la choza ––que bien parece cuchitril ––, se alcanzan a ver varias condecoraciones militares, y algunas figurillas navales. Se destaca un cuadro, de fondo blanco y letras rojas que dice: “Mas vale una lagrima en el campo de entrenamiento que una lagrima en el campo de batalla”.
Dentro de la cabaña están un par de jóvenes: Arturo es un tipo común; delgado, nada atlético, tez morena clara. Sólo tiene un leve esbozo de barba y bigote, cabello crecido; como si le salieran un par de cuernos de borrego cimarrón. Si lo ves de espalda, se figuran a los bigotes de Emiliano Zapata. Viste monocromático negro; pantalón, zapatos y camisa de vestir.
Andrea es una de esas chicas llamadas “mugrosas”, todo el tiempo de jeans, tenis y una playera negra con la leyenda: “Al derecho y al revés, muérete etereum”. Desaliñada, enfadada de la vida y un tanto rolliza.
Arturo y Andrea quieren divertirse un rato y deciden salir a cazar con una escopeta calibre .22, propiedad del abuelo de Andrea, un militar retirado.
Ambos se internan en el bosque, avanzan unos pocos metros y, súbitamente…
— ¡Dispárale a esa ardilla! ––grita Andrea con desesperación.
–– ¿Cómo crees? ––dice Arturo Negando con el rostro, mientras se quita una legaña.
–– ¡Mata a ese conejo!, ¡Mata a ese conejo!...
–– ¡No… me da miedo! ––comenta Arturo con voz entrecortada.
–– ¡Mátalo por favor!... ¿no ves que está sufriendo?, está lastimado y las moscas dejarán su hueva en los ojos, y pronto los gusanos se alimentarán de su vista...––implora Andrea.
Arturo trata de apuntarle al conejo pero lo que hace es darle a un ave que se encuentra en un arbusto. Arturo con respiración agitada se queda impávido.
Nubes en tonos marinos atraviesan la luna en 4to menguante mientras Arturo y Andrea caminan de regreso a la casa.
Arturo duerme intranquilo. Su habitación es parca y obscura, sólo tiene una mesa de noche con una lámpara. Su cama rechina a cada movimiento.
En la madrugada, escucha ruidos que lo hacen saltar de la cama, se dirige a la cocina y ve que una rata se encuentra incrustada en la ratonera de pegamento, pegada de costado; medio rostro inmóvil, los bigotes totalmente atascados de pegamento, un ojo a medio cerrar, los chillidos desesperantes y la respiración acelerada del roedor.
Arturo da lentos pero fuertes golpes en la cabeza de la rata con el dedo medio. Finalmente la agarra y la introduce en una bolsa, luego, empieza a azotarla contra la pared.
––La sangre de la rata es igual de tibia que la del perro... sólo que la de la rata apesta a manteca; a cebo recién cocinado ––piensa Arturo, con seño fruncido en la cara.
Arturo toma la escopeta y se dirige a la habitación de Andrea y el abuelo...se detiene en el umbral de la puerta. Él, se da lentos pero fuertes golpecillos en la cabeza, con el dedo medio de la mano derecha, tiene la mirada perdida en el suelo, luego de un par de segundos la levanta lentamente.
––Clic Clack ––nunca olvidaré el sonido de un arma al cortar el cartucho...
FIN.
Por DAN MORENO
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