Recuerdo la vez que maté un ave.
—Clic-Clack —nunca olvidaré el sonido de un arma, al cortar cartucho.

Bosque, es tarde-noche. Se escucha el trinar de las aves, espesura de árboles por doquier, y algunos animales que huyen de una vieja cabaña de madera húmeda, mohosa. Dentro de la choza ––que bien parece cuchitril ––, se alcanzan a ver varias condecoraciones militares, y algunas figurillas navales. Se destaca un cuadro, de fondo blanco y letras rojas que dice: “Mas vale una lagrima en el campo de entrenamiento que una lagrima en el campo de batalla”.
Dentro de la cabaña están un par de jóvenes: Arturo es un tipo común; delgado, nada atlético, tez morena clara. Sólo tiene un leve esbozo de barba y bigote, cabello crecido; como si le salieran un par de cuernos de borrego cimarrón. Si lo ves de espalda, se figuran a los bigotes de Emiliano Zapata. Viste monocromático negro; pantalón, zapatos y camisa de vestir.
Andrea es una de esas chicas llamadas “mugrosas”, todo el tiempo de jeans, tenis y una playera negra con la leyenda: “Al derecho y al revés, muérete etereum”. Desaliñada, enfadada de la vida y un tanto rolliza.
Arturo y Andrea quieren divertirse un rato y deciden salir a cazar con una escopeta calibre .22, propiedad del abuelo de Andrea, un militar retirado.
Ambos se internan en el bosque, avanzan unos pocos metros y, súbitamente…

— ¡Dispárale a esa ardilla! ––grita Andrea con desesperación.
–– ¿Cómo crees? ––dice Arturo Negando con el rostro, mientras se quita una legaña.
–– ¡Mata a ese conejo!, ¡Mata a ese conejo!...
–– ¡No… me da miedo! ––comenta Arturo con voz entrecortada.
–– ¡Mátalo por favor!... ¿no ves que está sufriendo?, está lastimado y las moscas dejarán su hueva en los ojos, y pronto los gusanos se alimentarán de su vista...––implora Andrea.
Arturo trata de apuntarle al conejo pero lo que hace es darle a un ave que se encuentra en un arbusto. Arturo con respiración agitada se queda impávido.

Nubes en tonos marinos atraviesan la luna en 4to menguante mientras Arturo y Andrea caminan de regreso a la casa.

Arturo duerme intranquilo. Su habitación es parca y obscura, sólo tiene una mesa de noche con una lámpara. Su cama rechina a cada movimiento.
En la madrugada, escucha ruidos que lo hacen saltar de la cama, se dirige a la cocina y ve que una rata se encuentra incrustada en la ratonera de pegamento, pegada de costado; medio rostro inmóvil, los bigotes totalmente atascados de pegamento, un ojo a medio cerrar, los chillidos desesperantes y la respiración acelerada del roedor.
Arturo da lentos pero fuertes golpes en la cabeza de la rata con el dedo medio. Finalmente la agarra y la introduce en una bolsa, luego, empieza a azotarla contra la pared.

––La sangre de la rata es igual de tibia que la del perro... sólo que la de la rata apesta a manteca; a cebo recién cocinado ––piensa Arturo, con seño fruncido en la cara.

Arturo toma la escopeta y se dirige a la habitación de Andrea y el abuelo...se detiene en el umbral de la puerta. Él, se da lentos pero fuertes golpecillos en la cabeza, con el dedo medio de la mano derecha, tiene la mirada perdida en el suelo, luego de un par de segundos la levanta lentamente.

––Clic Clack ––nunca olvidaré el sonido de un arma al cortar el cartucho...

FIN.

Por DAN MORENO