Nina escuchaba a lo lejos una guitarra eléctrica afinándose, tenía buen sonido al igual que el amplificador. Se oían a una distancia considerable, pero el viento no se llevó el sonido de las notas, que se escuchaban nítidas y limpias, como las arracadas de plata que acariciaban sus rechonchas y rojas mejillas, cuando ella movía la cabeza de Este a Oeste al caminar siguiendo el ritmo de los primeros acordes del ensayo. Ella sentía curiosidad por saber quiénes y qué era lo que iban a tocar, y principalmente, ¿por qué?, ya que el Sol de las 3 de la tarde en el istmo es nefasto; como la costumbre que tienen los locatarios y comerciantes de cerrar su negocio de la 1 hasta las 5, según para ir a comer, y lo que hacen es ir a la cantina más cercana a tomar un par de cervezas, comer mariscos de pésimo aspecto como botana, atiborrarse de tostaditas en forma de triángulo y sentarse a una de las meseras; en la mesa infestada de colillas de cigarros y moscas que vuelan y se paran en la boca de los envases vacíos, sacudiendo sus alas mientras se frotan maliciosamente las patitas en señal de que tienen hambre.
A Nina no le gustaban las moscas, porque siempre estaban entre la basura y la podredumbre. Las que más detestaba eran las moscas panteoneras verdes; grandes, con pequeños pelitos en sus patitas, bigotonas, que siempre andan entre muertos, entre camposantos abonados con carne y hueso. A ella nunca le gustaría ser “bigotona verde” con patitas y estar rodeada de gente pútrida.
Nina se dirigió a la plaza invadida por la curiosidad, quería saber qué aguerridos músicos estaban dispuestos a deshidratarse por tocar un poco de música.
Ella estaba emocionada al ver a un joven afinando su guitarra; una Gibson SG Standard. Un solitario bajo y una batería como fondo.
Había sillas cantineras para el público pero aún estaban vacías ya que no había llegado nadie. Esperó sentada bajo los arcos del palacio municipal, a que empezara el evento.
La gente empieza a llegar, las señoras con el cabello húmedo, que les dejaba unos lunares de agua en el vestido. Gente limpia tratando de verse lo mejor posible para la ocasión, ya que había un evento. Ella los miraba con cierto desprecio, ya que sólo cuando había una celebración o cuando iban a misa se esmeraban en lucir bien. Por eso ella no iba a la iglesia, pensaba que las gentes que lo hacían eran falsas, ya que no llevaban a cabo todo lo que pregonaban, muy parecido a lo que hacen los que van de casa en casa queriendo compartir contigo la palabra de Dios y te ofrecen una plática; que rechazas y te dan una revista; que sirve para prender el segundo quemador de la estufa y así no tener que gastar otro cerillo. Y al final te preguntan que, si pueden regresar otro día para darte la palabra del Señor.
Nina se acercó aún más al evento, y un grupo mixto de 5 jóvenes se aproximó para darle un folleto de un centro de atención juvenil; de esos que patrocina el gobierno, y a veces las instituciones de asistencia privada, para ayudar a jóvenes a salir de las drogas, a niños maltratados y a jóvenes embarazadas; que llevan dentro de las tripas a un niño que al nacer apenas será un esbozo de humano, y éste, al crecer le hará lo mismo a una jovencita, y con suerte sus hijos nacerán para llevar una vida de carencias y de olorosa miseria, que los llevará a las drogas y a repartir folletos de un centro de atención juvenil.
Ella acepta el papel, lo lee con indiferencia, lo guarda y apenas había sacado la mano del bolsillo de su blusa, cuando una joven de 17 años, 6 meses de embarazo y 2 días de no comer le entrega un tríptico de métodos anticonceptivos.
—Sí funcionan bien, ¿verdad amiga? —decía Nina sarcásticamente mientras le acariciaba el vientre.
La joven del nonato bajó la vista y siguió repartiendo los trípticos.
El evento empezó y la dama de ceremonias dio los agradecimientos a los patrocinadores y al público asistente; que mantenía un comportamiento tranquilo y sonriente, repetitivo, condicionado. La oradora empezó a palabrear cosas sin interés, terminando y cediendo el micrófono a una estrella del deporte nacional, para unas palabras tan aletargantes como su cara.
—Yo sé que un estadio lleva mi nombre, pero yo no me siento orgulloso de ello, sólo lo estoy de mi carrera en este deporte —decía el señor deportista.
Nina no ponía atención a las palabras de este señor. Ella sólo le hacía caso a lo que decían los señores y señoras escritores(as) de todos los libros que había en la biblioteca local; libros viejos de hojas pardas. A ella le gustaba oler los libros, se los acercaba a la nariz y aspiraba profundamente el olor de las pocas manos que habían pasado sus dedos por las hojas de los libros.
Imaginaba al profesor de escuela, que entre clases hojeaba un libro de Bakunin. Al mecánico con sus manos previamente lavadas con gasolina, para cortar la grasa y el aceite, y sus uñas recién cortadas; ya que podías sembrar en ellas un motor, y que retoñaran pequeños carburadores. Toda esta higiene, para leer la poesía de Sabines , y así conquistar y acariciar los pechos morenos de la cocinera de una fonda; que se escapa 10 minutos antes de su hora de comer para hojear en la biblioteca “El Manual De Buenas Costumbres De La Carroña”
—Es difícil hablar de estos problemas frente a ustedes; es muy duro decirles, confesarles, que yo era un adicto y gracias a la ayuda de Dios salí adelante —decía el ex-adicto y ex-alcohólico beisbolista.
Ella hacía caso omiso a sus palabras, le parecía vulgar que una persona le diera gracias a Dios por quitarle su adicción.
—Seguramente “Él” bajó de su trono caliente; que le ocasionaba hemorroides. Se espantó una mosca que se había posado en su labio. Descendió a la Tierra y te succionó la sangre contaminada y te la purificó mediante una hemodiálisis bucal. No puedo creer que la gente crea que su “salvador espinado” les quitó la adicción y que menosprecien su poder y fuerza de voluntad para dejar de ingerir sustancias, no se dan crédito a sí mismos y todo el milagrito se lo agradecen a su santo, virgen o deidad… El único santo es el “enmascarado de plata”. Las únicas vírgenes son las mentes de los que están aquí. Y la única deidad somos nosotros. Todos podemos ser nuestro propio Dios. —Pensaba Nina mientras el “deportista” decía cada 2 palabras, gracias, cada 4, Dios y cada 2, de la droga. Si te tapabas y destapabas rítmicamente los oídos podías escuchar una oración, un tanto…
Nina no ponía atención, sólo tapaba y destapaba sus orejas. Ella estaba desesperada, quería oír al grupo que iba a tocar esa tarde.
Los minutos se hacían largos; como la cola de los empleados del municipio el día de quincena, a las afueras del único banco.
Finalmente los músicos conectaron sus instrumentos. Ella sabía que era un grupo de música distinto, al que tocaba todos los sábados en la plaza, ya que la tríada de guitarra, bajo, y batería, no era la alineación de los grupos de música bailable popular.
Se entusiasmó al escuchar los acordes de la guitarra y reconoció una canción clásica del rock´n Roll, que le hizo pegar un grito…
«Para alabar a Dios
Para alabar a Dios
Se necesita una poca de gracia
Una poca de gracia y una monedita,
¡Ay arriba y arriba!
¡Ay arriba y arriba! por Dios seré, por Dios seré
Bamba, bamba, bamba ba…
Yo no soy pecador, yo no soy pecador
Soy cordero, soy cordero»…
Al terminar la canción, sintió una pequeña náusea; sus oídos querían vomitar.
—Queremos agradecer a todos los presentes y principalmente al centro de atención juvenil y al presidente municipal que está cumpliendo 3 meses de mandato — decía el vocalista del grupo de rock cristiano.
––Sí, hay que darle las gracias al fulano este, ya que en su campaña dejó cerros de basura. No comprendo por qué gasto tanto dinero llenando el municipio de posters, carteles y propaganda publicitaria para su elección. Él y los otros 2 candidatos de oposición sólo generaron basura…debieron de haber hecho toda esta publicidad en papel higiénico, para que por lo menos hubiera tenido un fin mejor —se decía Nina a sí misma mientras caminaba decepcionada, por un lado de el escenario.
— ¡Mira qué belleza!…––dijo Nina en voz alta—. Qué lindos se ven estos músicos, que aparte de cambiar la letra de la canción, se ponen a hablar de drogadicción, alcoholismo y una vida sin adicciones, mientras el baterista apenas podía mantenerse sentado, el bajista tiene las uñas de la mano derecha quemadas. Y atrás de del amplificador del guitarrista, un cartón de cervezas a la mitad.
Ella no era ninguna juez, pero esto confirmaba sus creencias sobre la gente que se llena el pecho y habla de Dios y la religión, y después cerraba su negocio a la 1 PM, y se dirige a su “casa chica”, donde lo espera la mesera de la cantina con la comida hecha y otros dos niños mugrosos de panzas lombricientas, de 5 y 7 años. Él se enjuaga el hocico diciéndoles a sus hijos que tienen que ser hombres de provecho.
Acaso no se pregunta esta mujer por qué sólo ve a su “esposo” de 1 a 5, y sólo duerme con ellos lunes, miércoles y viernes. Y en su “casa grande”, su otra mujer no se preguntará por qué su marido nunca llega a comer, y sólo duerme en casa martes, jueves, sábado y domingo.
Nina se molesto y ya no ponía atención al trío de músicoreligiosos falsos.
Otro de los personajes que irritó a Nina fue un joven rapado y harapiento que le comentó lo siguiente:
— ¡Amiga, no te vayas!... quédate a escuchar la música y el mensaje de Dios, por que es bonito alabar al diablo, pero es mas bonito alabar… —adiós —decía el joven mientras se alejaba con los codos en las costillas como una mantis sumisa.
El “artrópodo” humano tenia restos de Resistol 5000 en las manos y en la barbilla.
—Ya me voy —decía ella a la vez que hacía un gesto de fastidio y se rascaba con la mano derecha donde nacía su cabello negro. Ella se rascaba la espalda con cuidado, debido a sus uñas; no usaba esmalte, se las pintaba con una lata de pintura en aerosol.
A veces hacía unas plantillas en cartulina con el abecedario, y ponía su nombre, pero la mayor parte de las ocasiones escribía la palabra “Púdrete”. Cuando se le terminaba la pintura en spray, las pintaba de negro con un marcador de tinta indeleble. Cuando se las quería limar, utilizaba una lija de grano fino; de las que se utilizan para lijar madera. Ella afilaba sus uñas desbastándolas en forma puntiaguda, ya que eran una de sus principales herramientas y armas, para los insulsos comentarios que recibía acerca de su sobrepeso. Eran menos las ofensas hacia ella gracias a sus garras de calcio y keratina.
Pero no eran su única defensa, ella siempre guardaba, en el bolsillo trasero derecho de su pantalón de mezclilla; roto de la rodilla izquierda, una navaja de afeitar, de las clásicas de barbero; con mango negro y hoja bien afilada, como lengua de víbora.
Nina se fastidió del evento musical y decidió ir a la biblioteca que esta a espaldas de la plaza a un lado del palacio municipal.
Ella se sabía la ubicación de cada uno de los libros, pero de todas maneras hacía un recorrido general por todas las secciones y anaqueles.
Para revisar los libros de abajo, ella se hincaba como pidiéndoles perdón. Cuando se cansaba de “implorar” se sentaba y colocaba un libro en su regazo; como haciéndole el amor a la tinta y al espacio entre las letras; que debido a su sudor, parecían desteñirse lentamente de placer, como cuando se corre la tinta de una carta arrojada al agua.
Ella metía un libro en su morral; tejido por ella misma con hebras de henequén.
Siempre miraba a las bibliotecarias para no ser descubierta, pero ellas estaban demasiado ocupadas; una platicando con su novio y la otra hablando por teléfono celular mientas lee una revista barata de historias románticas.
Salió de la biblioteca y se dirigió a su casa. Entró a su cuarto, encendió el ventilador y se acostó bocabajo, en la cama de sábanas y fundas de manta blanca. Sacó el libro de su morral y con sus uñas empezó a quitar las etiquetas del inventario. Luego con un algodón impregnado en aceite de bebé, limpió los restos de pegamento de la etiqueta, ya que si no lo hacia así, esta zona con el uso se iba llenando de una capa negruzca difícil de quitar. Posteriormente toma un hisopo empapado en el mismo aceite y frota cuidadosamente la esquina de la hoja del control bibliotecario colocada en la última página del libro, todo esto para aflojar el pegamento y así arrancarla para que no quedaran indicios de que eran de la biblioteca. Al final hacía lo mismo en la parte interna de la contraportada, ya que ahí había una pestaña que sostenía la tarjeta de entrega del libro.
Ella hacía minuciosamente estas tareas, pero nada es perfecto, ya que en las hojas del principio en medio y final de los libros, estaba el sello de la biblioteca. Ella las podía quitar pero le dolería desmembrar los libros.
El hambre entumece su estómago y se dirige a la cocina.
—Ya huele “ma”, ¿qué cocinaste?
—Fríjol con puerco.
— ¿De qué es el agua?
—De sandia…por cierto échale unos hielos.
— ¡Ya tengo hambre!
—Te sirvo.
—Sí…oye, y mi papá ¿qué no va a comer?
— ¡Ay hija!, ya sabes que tu papá llega sin hambre, además ya sabes que los lunes, miércoles y viernes no llega a casa, ya que llegan los proveedores y se pone a hacer el recuento de la mercancía de la tienda .
FIN.
Por DAN MORENO.
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