El Sol, embriagado de tantos sudores, se retira a curarse la resaca con una nube negra, que vomita dejando ver el color sepia de sus entrañas.
Las aves negras corriendo en contraflujo de un bicolor arco. Una navaja de plumas se rezaga de su grupo, mientras el gato negro se pasea cuidadosamente entre las bardas con vidrios.
Un perro se oculta de la lluvia, en la entrada trasera de su casa. Entre tanto, un cuervo furtivo se roba una a una sus croquetas: los perros piensan, pero éste no le pone atención al hurto de su alimento.
En la esquina de la avenida, un joven de escasa gallardía y alta prepotencia, en posición cóncava; apoyado en el teléfono público, le reclama a otro joven que su esposa y él habían sido amantes.
Luis regresa de la tienda de autoservicio donde trabaja como encargado de la sección de carnicería; en este trabajo lleva el cabello corto, y no es que a él no le gustara largo, es sólo que las personas se acicalan el pelo pasándose una ó ambas manos. Y por eso no le agrada la idea de sangrarse las manos con tinta vacuna y posteriormente embarrarse la cabellera.
Luis entra a su casa, trae enrollado bajo el brazo, un mandil sanguinolento, que arroja sobre la mesita de centro de marmolina y patas de fierro colado color oro.
Sus botas negras van dejando rastro como un animal herido.
Se dirige a la cocina, abre el refrigerador de color blanco de dos puertas; sin despachador de hielo y agua. Saca unas cebollas y la carne; unas puntas de verija que había conseguido el día anterior. Toma el ajo de una canastilla de mimbre en la alacena metálica de color rojo óxido, agarra la tabla de picar; una artesanía hecha por las manos hábiles de algún recluso de un CE.RE.SO.; donde su hermana labora como trabajadora social.
La tabla tenía grabada la palabra “LUIS”, pero no era un grabado, de hecho era un tallado, o ¿un serruchado?, ––no lo sé –– era algo parecido a lo que hacen algunos artesanos, que ponen tu nombre en una llave.
Él pica las cebollas en aros y el ajo en trozos finos, después, troza la carne con un cuchillo.
—No me gustan los cuchillos “Americanos”, ni los famosísimos cuchillos Japoneses, que según, cortan hasta clavos. Yo prefiero los Alemanes, ellos llevan haciendo buenos cuchillos desde 1933 —comentaba Luis dirigiendo su, mirada a la mesa.
––“STAINLESS STEEL GERMANY” —se lee en el cuchillo de Luis.
Después de media hora de marinar la carne con un vaso de cerveza, la pone en un sartén agregándole por último, una pasta hecha de salsa de soya, limón, sal y pimienta.
Ya cocinado el festín, lo sirve en un plato colocado en la mesa. Se dirige a la alacena y saca una lata de alimento para perro.
—Voy a abrir esta latita…porque a nadie le gusta comer solo —comentaba Luis en tono burlón, mientras miraba por encima de su hombro izquierdo.
El Sol se ha curado la “cruda” junto con una Luna trasnochada que lo acompaña a dar sus primeros fulgores.
Luis se ha despertado y se le hace tarde para ir a trabajar.
— ¡Vas a desayunar! —gritaba Luis sentado en la orilla de la cama, al mismo tiempo que se truena los cuatro dedos de la mano derecha en la nuca.
Una mosca se para en la oreja de su perro Rex, con un espasmo nervioso la asusta, y ésta vuela sin hacer ningún zumbido, se posa sobre la comisura de la boca de Luis, la espanta de un soplidito; como espantándose el copete del cabello.
––fly, fly away moscardón, vuela, vuela, vuela ––decía Luis mientras encogía los hombros, sacaba la quijada y aleteaba las manos, con los brazos encogidos. Y ¡zas! atrapó a la mosca…
––Ahh, jija de tuchi te apañé…bueno, nada más por que meando miando. Órale júchala ––Decía Luis mientras habría el puño para dejarla ir. Y como dice Pedro Infante ––proseguía ––: tan luego se vio libre, voló, voló, voló… y aterrizó en un pequeño charco escarlata que fluía por debajo de la puerta del baño.
Luis camina rápidamente al sanitario. Abre la puerta, una breve ola surfea por sus botas negras, un líquido purulento se escurre entre su calzado.
–– ¡No mames pinche Rex!, que te dije, que no te metieras al baño, mira nada mas que desmadre me hiciste, con razón ni quieres comer ¿verdad?... ¡hijo de perra!, ¡puta, para que te digo si en ti, no es ofensa! ––Exclamaba irónico ––.
–– ¿Entonces qué? ¡Vas a desayunar o no perra! ––dice mientras voltea sobre su hombro.
Rex ladra.
––Tú no wey, ELLA… ¡se ve que tu ya tragaste cabrón!
–– ¡Hey…que si vas a tragar!…––Grita mientras pega de patadas a un catre.
De un sobresalto ella despierta, asustada, amordazada, zombie parpadea, la luz de día le molesta, le causa vértigo, sus ojos desorbitados; no deja de temblar, gime, intento gutural de decir algo…su vista se aclara, enfoca, dirige la vista al baño, nudo marinero en su garganta, ella grita al observar una masa de cuerpos humanos y miembros a medio carcomer…
––SNIF SNIF –– llora, hilitos de lágrimas resbalan lentamente, los vellos de durazno de sus pálidas mejillas tratan de detenerlas, suicidas, gotas salinas caen al suelo. El can las lame voraz y humedece con su lengua el piso.
Luis hace caso omiso de los berridos y regresa a la cocina y se dispone a preparar la harina para los hot-cakes. Terminando de cocinar sirve los inflados panecillos en la mesa, agregándoles mantequilla y miel de maple. Rex regresa a la cocina, los devora sin prisa, mientras los gritos de ella se van ahogando lentamente en su propia saliva clorhídrica.
Yo había de preguntarles alguna vez a los carniceros si el oficio de matarife no revelaba un alma predispuesta para matar a un ser humano.
“Crónica de una muerte anunciada”. Gabriel García Márquez.
FIN.
Por DAN MORENO
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