Una Frase Muy Trillada.
Francisco estaba muy emocionado por saber el resultado de su prueba, él se encontraba sentado en las escalinatas de la cafetería de su escuela; el instituto “Mictlan”. Los escalones estaban húmedos después de la lluvia “moja pendejos” que había caído minutos antes de que él saliera a tomarse un té en dicho lugar.
A Francisco no le agradaba mucho la idea de tomar café, porque le quitaba el sueño.
En la familia de él no eran adeptos a las medicinas de patente, y mucho menos a las ya famosas medicinas genéricas e intercambiables, por eso en casa de Francisco, curaban el dolor de estómago y la diarrea, con un té de ajenjo. El café le causaba irritación en dicho órgano; ya curtido por las malpasadas alimenticias.
El resultado de su prueba ya le había sido entregado días antes, pero quiso esperar hasta estar solo. Y con el trasero mojado por el escalón, se dispuso a leer el resultado de su examen que era:
***AFIRMATIVO***
Francisco se levantó eufórico y en ese mismo estado subió las escalinatas para dirigirse a la cafetería por un té.
Al llegar es atendido por doña Rosita, que era, más que una dulce anciana de 60 años, la abuelita de todos en la escuela.
Ella nunca te decía que NO, cuando entre clases ibas y le pedías que te preparara unos chilaquiles bien picosos o un consomecito de pollo, ya que ibas todavía “sancochado” de la noche anterior. Y es que en horas de clase estaba prohibido que los alumnos comieran e incluso que estuvieran en la cafetería.
—Qué pasó mi “pasita” ¿me puede dar un chocolatito? —decía Francisco orgulloso.
— ¿Qué pasó mi’jo, ahora no te vas a tomar tu tesito de manzanilla, o prefieres que te prepare un té de limón? —preguntaba doña Rosita preocupada.
—No doñita ahora quiero que me de un “choco” para festejar —respondía orgulloso.
Francisco bebió su chocolate con apresurada calma, ya que se le hacia tarde para llegar a su casa.
— ¿Qué pasó, cómo te fue en la escuela? —le preguntaba su madre. —Bien —respondía Francisco insípidamente mientras zigzagueaba las macetas que estaban en el patio delantero de su casa.
La madre de Francisco; tía “Clau”; le decían sus sobrinos, era de esas madres entregadas a sus hijos y al marido, una madre que se levanta todos los días a hacer el desayuno, escuchando en el radio las canciones de su época, y terminando el menester, se alista para salir al trabajo, y sale como ánima para llegar a la oficina, donde ella trabaja como asistente de burócratas.
Francisco se dirige a su cuarto con la cara de haberse bebido 10 tazas de café, y sin cruzar mas palabras con su madre, entra a su habitación a escuchar música mientras ve una película de Kubrick.
Su padre llega “enjabonado” en alcohol, entra a la cocina y saca de un rincón, a un lado de un altar Guadalupano, una botella de vodka a medio consumir.
Al día siguiente, a la salida de la escuela, Francisco escucha una escueta plática, del director del plantel, con uno de los principales pilares de la escuela; es el Lic. Avellanes, uno de los más importantes aportadores de dinero a la escuela.
A Francisco siempre le ha llamado la atención, cómo invariablemente los nombres de los licenciados, abogados y doctores eran los mismos; siempre se encuentra a un licenciado Goncálvez u Ordóñez, en un despacho, a un Ingeniero Bejarano, y a un Doctor de apellido Ramírez, Ortiz, o el clásico Borbolla. Y en este caso; Avellanes.
—Licenciado, me da gusto que nos acompañe el día de hoy, antes que nada, quiero agradecer la contribución que usted generosamente, ha hecho a nuestra escuela —lambisconeó el director del plantel.
—No hay por qué darlas, es obligación de la gente culta como nosotros, ayudar de todas las maneras posibles al fomento de la cultura y la educación.
Como su nombre lo indica Mictlan quiere decir templo del la cultura —comenta el Lic. Avellanes, con el pecho tan hinchado como los estómagos de los niños de Bangladesh.
— ¡Templos culturales, los que le debería de meter a este hombre por el culo!, ya que Mictlan quiere decir “Tierra de muertos”….este sí es un burgués y que me perdone Moliére, pero no es un gentil hombre —pensaba Francisco furioso.
No soportó más la plática y entró a clases.
Es martes y a la hora de Filosofía, el profesor como siempre llega tarde. La clase tenia 20 minutos de haber iniciado, cuando de la fila de hasta atrás, surgió un comentario; de esos que no quisieras oír pero debido al fatal aburrimiento; que hasta un cadáver se habría suicidado, Francisco puso atención. La del acertado comentario era Ana; ella era de esas Femmes de piel clara, cabello castaño casi rubio y un cuerpo no privilegiado, no era del todo fea, pero en la escuela había de mejor rostro y más atributos.
Todos decían que tenia “un no sé qué” que les parecía atractivo. Días antes Francisco comprobó el famoso “atractivo” de Ana; que consistía en que después de un capuchino en el lugar de su elección, ella sería tuya.
Ana esta criada como “Barbie” en su castillo de plástico, y un “Ken” con muchos rostros; uno diferente cada vez que ella se toma un café. Ana estudia mientras consigue embarazarse de un hijo de “papi” para que la mantenga a ella y a su ego.
—Ya que no ha llegado el profesor de “Filo” vamos a filosofar sobre la vida… ¿Qué harían si mañana fuera el último día de su vida? —preguntaba Ana.
Francisco no soportó el insulso debate y salió del salón mientras “Kenes” y “Barbies” de tianguis aspiraban a encontrar el significado de la vida. Él prefería aspirar el olor de las quesadillas de hongos con queso que preparaba doña Rosita.
Francisco llegó a su casa y se topó con una imagen que no había visto desde hace mucho tiempo; era su padre que había llegado temprano, de su muy habitual reunión de todos los días con “Don Julio” y “Don Pedro” dos de sus más íntimos amigos. Francisco no le dio importancia y se metió a su habitación como de costumbre.
Su padre, Don Carlos; era Ingeniero, él diseño un par de restaurantes de una cadena muy importante, y la exorbitante cantidad de dinero que recibió a cambio de sus servicios; pasó de sus manos etílicas y sucias, al mesero, y de ahí, a la caja registradora de cualquier bar o cantina…
Francisco sentía un pequeño universo de odio por esa acción.
Francisco durmió inquieto esa noche, pensando en la “brillante” ponencia de su “cafetera” amiga.
Él despierta después de una noche en la que soñó con muñecas de plástico y trapo; que daban cátedra en su escuela, y licenciados pudientes que daban consejos de humildad, a las afueras de un templo precolombino.
Como de costumbre no tiende su cama y se dirige a la cocina a degustar, lo que su madre día a día deja para desayunar.
— ¡Buenas! —dijo con cierta flojera su hermana Lucía; ella era la mayor de los dos.
Francisco levanta la tapadera de aluminio del sartén, y echando un rápido vistazo, lo coloca de nuevo en su lugar.
–– ¿Qué, no vas a desayunar? —preguntó su hermana.
––No. Mejor más tarde cuando regrese de clases —respondió de mal humor.
Al llegar a la escuela y antes de entrar al salón doña Rosita le hace señas a Francisco desde la cafetería para que fuera hacia ella.
— ¿Qué pasó mi cabecita de cebolla? —comentó amablemente.
—Mira, te guarde un poco de caldo que le preparé al profesor Mauricio, el de Filosofía… ¡hoy llegó con una cara de “ardilla marihuana” que para qué te cuento! —comentó jocosamente doña Rosita.
Para Francisco era una ofensa desdeñar el ofrecimiento, y aunque no tuviera hambre, se sentó a comerlo.
Era un secreto a voces entre los alumnos la vida privada del profesor Mauricio. En una ocasión, Ana estaba en uno de esos “antros” de moda, en los cuales las jovencitas y las no tanto, después de tomar un par de tequilas, dan una vuelta alrededor del lugar, para agasajarse con el primero que les sonría y les levante la copa o vaso donde ellos están bebiendo y les haga la seña del clásico “salud”. Es en uno de esos lugares para la “elite” donde Ana vio al profesor Mauricio, besándose con uno de sus ex-alumnos. Desde ese día, Ana ya no ha llevado la tarea de Filosofía, de hecho ella nunca la llevaba antes de esto.
Francisco sentado en el salón, mira a la gente pasar a través del cuadrado umbral de la puerta.
—Las puertas son las únicas cosas que mantienen su fin y a veces su formas, no como las demás cosas —pensaba Francisco, mientras Ana mantenía la mirada perdida a través de la ventana.
Es lunes, el profesor Mauricio no ha llegado. Y Ana con su escasa materia gris, recordó que ya habían pasado una semana desde los sorprendió con su teorema del “fin del mundo”.
—A ver chicos, todavía faltan algunos de contestar la pregunta que les hice —dijo Ana. Francisco estaba a punto de emprender la graciosa huida cuando súbitamente llegó el profesor. Era la primera vez que llegaba, en lunes, a dar clase.
Mauricio era una persona de facciones finas, extremadamente aliñada, siempre con zapatos de vestir, jeans y sacos de gamuza; con parches de piel en los codos, y todo el tiempo bien afeitado. Era toda una señorita cuando se trataba de escoger un champú para su cabello largo que le llegaba a los hombros.
–– ¿Que le pasa profesor… lo noto un poco agitado? ––comentaba Ana en tono sarcástico.
Mauricio omitió comentarios y se dispuso a dar la clase.
—Bien jóvenes hoy vamos a tener una dinámica en clase, por favor pongan sus sillas en círculo y esperen mis indicaciones.
—A ver jóvenes les voy a formular una pregunta y les daré cinco minutos para pensar en la respuesta, posteriormente me irán contestando uno por uno. La pregunta es:
–– ¿Qué harían si mañana fuera el ultimo día de su vida?...
En el momento en el que Mauricio formulaba la pregunta miraba a Ana con unos ojos que hubiera querido el “inquisidor Torquemada”.
Antes de que Mauricio llegara, Ana le comentaba a su séquito y a uno que otro lacayo que le lamía las zapatillas, que dos semanas atrás había visto a Mauricio de nuevo en el “antro” y que esta vez se había peleado con su “joven estudiante”, y que Mauricio le había armado un teatrito con todo y desahogue, y antes de que el ex-alumno saliera del lugar, Mauricio le gritó que se iba a suicidar…
Pasaron los 5 minutos y uno a uno empezó a responder la pregunta antes formulada.
El primero en contestar fue Gabriel; una persona que es el amigo de todo el mundo, y que siempre tiene algo positivo que decir; basado en todo tipo de basura que lee, como los libros de auto ayuda y de cómo superar tus temores y miedos. Él cree que leyendo todo ese tipo de literatura barata, va a ayudar al mundo, cuando él ni siquiera puede ayudarse a sí mismo.
—Si mañana fuera el último día de mi vida —dijo Gabriel. Lo que haría, sería pedir perdón a toda la gente; si es que les he ocasionando algún daño y por consiguiente perdonaría a todos los que me han dañado, correría a decirles a todos los que conozco cuánto los quiero, y me dedicaría a vivir ese día en la compañía de mi familia y amigos…
—Pobre de ti —pensó Francisco. Porque tú no sabes que esos amigos con los cuales quieres pasar tú ultimo día en la Tierra, no te incluyen en la lista de personas con las cuales, ellos quieren pasarse su último día
Así pasaron los alumnos uno tras otro repitiendo el mismo mensaje pero con diferentes palabras. Hasta que llegó el turno de Ana, que dijo algo parecido, sólo que le agregó un chorrito de alcohol al comentario:
—Pues yo “profe” me iría a Cuautla a la cabaña de mis padres y ahí haríamos una fiesta “mega” con comida, alcohol, mariachi y toda la cosa.
Toca el turno a Mauricio: —Pues bien, ésta en una de mis preguntas favoritas. En los 5 años que llevo de docencia ha sido una de las incógnitas que más me han apasionado… y bien lo que yo haría sería despedirme de todos los que conozco e irme a morir solo, en el campo o el bosque acostado con la vista al cielo.
–– ¡Que romántico! —comentaba Francisco en tono irónico.
— Pues bien mi antiromance alumno, qué sería lo que usted haría en su ultimo día de existencia.
—Puesto que sería mi último día de vida…––comenta –– convencería a una enfermera de que me dejara entrar al área donde realizan todo tipo de análisis, pruebas o exámenes de sangre; y a los de embarazo que salieran “Negativo”, les pondría “Positivo”; para dar falsas esperanzas a los jóvenes padres y desesperarlos al ver que ya han pasado 4 meses y hay nada de pancita; A los que dieran positivo, les pondría negativo; para que sin darse cuenta la joven embarazada, siga teniendo el más salvaje sexo sin protección, y transcurrido un par de semanas ella empiece con mareos, inapetencia y vómito, le empiece a crecer el vientre y ella se dé cuenta de que está embarazada y no sepa quién es el padre.
Y al final con las muestras de SIDA; a las “Positivas” les pondría “Negativas” y a las “Negativas” les pondría “AFIRMATIVAS” y con una muestra “Positiva” o “Afirmativa”, le succionaría la sangre con una jeringa para inyectármela en la vena izquierda. Saldría del hospital iría a un “antro”, tomaría un par de cervezas y un martini seco; y alzaría mi copa a cualquiera que pasara para acabar con ella en el baño del lugar teniendo sexo sin protección, regresaría del baño y seguiría haciéndolo mismo toda la noche. Iría a un café e invitaría a una amiga para que me acompañara y terminaríamos en su casa revolcándonos como dos dulces cerdos.
Yo no me pondría a pedir perdón, ni a perdonar, yo no soy nadie para perdonar.
No soporto a la gente hipócrita que todo el tiempo se dice tener uno o más amigos, y cuando uno de ellos fallece, están ahí de negro y gafas obscuras, llorando y comentando la única fiesta, reunión o virtud que le conocían al occiso, es de lo mas infame llorarle y hablarle a una lápida, cuando no lo hiciste cuando estaba viva la persona…si mañana fuera mi ultimo día de vida; yo sería su génesis —comentó Francisco girando su cabeza, mirando uno a uno a los alumnos del círculo.
El silencio enrareció el aire por uno segundos hasta que Mauricio dio terminada la clase, no sin antes decir unas palabras:
—Pues muchachos fue un honor haberlos tenido como clase, ya que hoy es mi último día de trabajo, hoy por la mañana presenté mi renuncia —comentó Mauricio.
El salón quedó de nuevo en silencio; ese ensordecedor silencio que te estalla el oído medio.
Mauricio se levanta de la silla y se dirige al escritorio, toma sus libros y sale del salón de clases.
El demás círculo de alumnos siguen inmóvil, mirándose unos a otros, y principalmente los hombres a Ana.
Francisco sale del salón, dirigiéndose por el pasillo hasta la salida; el sol parece brillar más, mientras él esboza una sonrisa parecida a la que tiene después de comer las quesadillas de hongos con queso que preparaba doña Rosita.
FIN.
Por DAN MORENO